La mujer, presa fácil de la tortura y las cárceles diseñadas para el hombre

La aparente igualdad en la que vivimos encubre cualquier atisbo de violencia que sufren las mujeres por el mero hecho de serlo. Y si el escenario son comisarías o prisiones, la impunidad añadida de las FSE las soterra aún más. Cuatro ex presas relataron el jueves en Oiartzun lo que han sufrido entre los muros.

Detención

«Me quemaron los pezones con el fuego de un mechero»

Ane Beristain fue arrestada junto a su hermano y su compañero en 1989. En el transcurso de la incomunicación los agentes de la Guardia Civil le metieron un revólver por la boca. Ella sólo recuerda su sabor a pólvora y cómo pedía a los agentes que dispararan: «No podía más, sólo quería que eso se acabara», explicó ante un público que seguía en vilo la narración.

Ha llovido mucho desde que las mujeres padecen una doble tortura en las comisarías. La oiartzuarra Ixiar Galardi fue apresada hace 28 años, y rememora cómo en el momento del arresto «se me cayó el mundo encima. No puedes evitar pensar que estás en sus manos».

«A ellos no les entra en la cabeza el compromiso político que puede tener una mujer», asegura para explicar que las mujeres siempre son tratadas e interrogadas como «putas».

Más allá del lenguaje sexista y las presiones, en la incomunicación, que en su caso se dilató diez días, los policías le agarraron de los pechos: «Se me hizo insoportable, me apretaban cada vez con más fuerza con sus asquerosas manos».

Beristain fue la más decidida a la hora de rememorar los detalles de aquellos cinco días por que está más que convencida de que hay que contarlo: «Es muy difícil revivirlo, pero hay que hacerlo porque la tortura sigue existiendo, y las mujeres viven lo que nosotras vivimos. Esto se tiene que saber», remarcó.

Explicó que padeció la «bolsa», los electrodos, la quema de los pezones.. Sin embargo, fue escuchar los gritos y sollozos de su compañero lo que pudo con ella. «Para que mi hermano y mi compañero no pasaran lo mismo que yo, mi cuerpo se bloqueó y desde ese momento ni gritaba ni lloraba». Pasaron tres años hasta que pudo contar lo ocurrido en comisaría.

Kristina Gete hace pocos meses que recobró su libertad, y tras su incomunicación, hace doce años, denunció haber sido violada por los guardias civiles. «Cuando entras en la cárcel coges fuerzas para escribir el testimonio de tortura y aprendes a vivir con ello».

Cárcel

«Al construirlas, ni siquiera contemplaron que podría haber reclusas»

Galardi ha pasado dos décadas de su vida en prisión, por lo que el sistema penitenciario no le es ajeno. Conoció la cárcel de Yeserías, que pese a contar con unas condiciones «penosas, con ratones incluidos», recuerda la fuerza y el amparo que otorga el grupo. Allí se encontraban todos los presos políticos. Tras el cierre de Yeserías llegó Carabanchel, donde el régimen se convirtió en «muy férreo». Sin em- bargo, gracias a la lucha emprendida por el Colectivo, consiguieron las condiciones que tenían de antemano.

En 1989 llegó la política oficial de dispersión, una medida que afectó de manera más cruel a las mujeres al ser un grupo inferior y más fácil de dividir.

Son muy pocas las cárceles que están destinadas a mujeres. La mayoría de las cárceles se diseñaron sin imaginar siquiera que podría haber reclusas, por lo que las mujeres fueron recluidas en espacios adaptados para ello y que ni contaban con un patio, ni mucho menos con gimnasio, biblioteca, sala de enfermería o talleres.

Beristain recordó cómo las mujeres tenían terminantemente prohibido pasar al lado de los hombres, donde estaba la sala del dentista, por lo que a las mujeres les quitaban las muelas en el pasillo mientras eran sujetadas por carceleras, sin anestesia siquiera. Una anécdota que refleja sobremanera la situación de la mujer en la cárcel.

Maternidad

«No te pueden negar también el derecho a la maternidad»

Tan sólo llevaba dos meses en la cárcel cuando Maribel Zabaleku descubrió que estaba embarazada. Sólo tuvo a su hijo durante quince meses, porque no cree que la prisión sea lugar para ello. Los carceleros comenzaron a desnudarlas cada vez que sa- lían al patio y como protesta decidieron hacer un «chapeo», con lo que su hijo estuvo dos meses en una celda donde justamente entraba la cuna.

Gete, sin embargo, mantuvo a su hijo hasta los tres años pero tampoco lo tuvo fácil. Recuerda cómo fue obligada a parir ro- deada de policías. Exigió que, al menos, fuera una mujer la que estuviera en el paritorio. «Tuve suerte, se acojonó y salió», recuerda entre risas. Los siguientes meses tampoco fueron fáciles; le vetaban la compra de pañales y ni siquiera era respetada la siesta del niño, ya que entonces tenía que salir al patio con él en brazos.

Sabe que la cárcel no es un buen sitio para nadie, pero insiste en que entre muros «se sigue viviendo y se sigue luchando para hacer realidad los sue- ños». «Y no nos pueden denegar el derecho a ser madres», subraya orgullosa.

Gara




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