Ya está en la calle el Ruptura nº6

La publicación nos ofrece de nuevo una serie de reflexiones autocríticas acerca de los movimientos revolucionarios y análisis del contexto en el que las luchas nacen y mueren.

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ELLOS DICEN MIERDA…



Vivimos una época marcada por un profundo retroceso del pensamiento político y una incapacidad manifiesta para defendernos de la creciente degradación de nuestras condiciones de vida: el paro, la incertidumbre, el mercado laboral, los salarios, la vivienda, la sanidad, la educación, la jornada laboral, etc. Todo esto genera miedos, ansiedades, depresiones, etc. que acaban deteriorando nuestra situación psicológica y, a la vez, las relaciones con nuestro entorno personal más cercano. Convencidos de no poder cambiar el mundo, nos contentamos con la libertad que el poder nos deja; es la “libertad moderna”, que nos permite hacer de todo salvo ocuparnos de un cambio sustancial de la sociedad en la que vivimos. Unos se esconden en el consumo desmesurado o en formas de vida alternativa, y otros, los menos, en dar su particular visión del mundo a través de sus experiencias de “hombre moderno”1. Cualquier cosa menos la acción colectiva para subvertir el estado de las cosas. Éste es uno de los principios básicos sobre los que se asienta el Capitalismo: el atomismo social. Este “espíritu” del Capitalismo es la ideología que justifica el compromiso con el sistema, una labor compleja preparada durante años por Fundaciones (“thinks thanks”), agencias de comunicación, y otros resortes de poder ligada a los intereses de las élites económicas, aprovechando el tremendo poder de creación de la “realidad” de los mass media para presentar como beneficiosas las reformas exigidas por el Capitalismo: privatizaciones de empresas y servicios públicos, reformas laborales, endeudamiento público, creación de sistemas de pensiones privados, etc, así como inculcar los valores dominantes (el culto al dinero, el individualismo agresivo, la competitividad como valor supremo…).

Todos estos valores dominantes, toda esta ideología tiene una base material real: en el capitalismo, los individuos aun cuando estemos sometidos a las mismas relaciones de clase y dominio, estamos realmente aislados unos de otros, como consumidores, como trabajadores, como ciudadanos. La unidad, la comunidad, no son el estado natural de los proletarios en el capitalismo, sino el resultado de nuestra lucha contra la imposición material e ideológica del aislamiento cotidiano.

A ello ha contribuido esencialmente el progresivo sometimiento de las estructuras políticas, de los partidos de izquierda y de los sindicatos que dicen representar los intereses de la clase trabajadora, así como de otros muchos colectivos que han aceptado gustosos el lenguaje y la práctica del poder, asumiendo términos y puntos de partida como la “ciudadanía activa”, los “derechos sociales”, o la ideología de la pequeña empresa (da igual que sea cooperativa o social, empresa al fin y al cabo).

Mientras tanto, esta competencia acrecentada entre trabajadores a la que ha contribuido la deslocalización productiva está echando abajo las conquistas laborales y sociales conseguidas por la clase trabajadora tras más de un siglo de lucha de, en su día, un fuerte movimiento obrero. Se da la paradoja de que en muchas ocasiones los propios asalariados colaboran, o son obligados a colaborar, directamente en esta dinámica mediante la participación en los fondos de pensiones o de inversión, contribuyendo a la explotación y al desmantelamiento social, o indirectamente cuando se ven forzados a la emigración, que se convierte un arma arrojadiza de los patronos contra los trabajadores autóctonos para abaratar los costes de producción. Todos estos elementos han contribuido a romper la antigua unidad de la clase trabajadora.

La realidad es compleja, viviente, y está atravesada por innumerables contradicciones. La actitud que tengamos ante esta realidad debe tener en cuenta que en los conflictos lo que vamos a encontrar son trabajadores explotados que compiten entre sí o que cooperan, trabajadores con mejores condiciones económicas que otros, empresas que subcontratan mano de obra barata y dócil, convenios laborales bastante dignos conseguidos tras años de lucha y enfrentamiento, y un largo etcétera de realidades que se entrecruzan y donde cada uno se lleva lo suyo, es decir, lo que puede. Es en este contexto donde queremos insertar las diferentes experiencias de lucha y conflicto que se están dando a nivel internacional, como la reciente huelga de los trabajadores de Metro de Madrid o la de los trabajadores de las refinerías petrolíferas de Lindsey, en Inglaterra. Tras la conocida crisis financiera internacional y su traspaso a la economía real, estamos asistiendo a una nueva reestructuración de las relaciones de clase y de la correlación de fuerzas entre Trabajo y Capital a todos los niveles2, Lo que está en juego son las claves que van a dirigir esta relación en los próximos años: flexibilización del mercado laboral, privatizaciones o copagos, endurecimiento del control social y la represión, medidas anti-inmigración, profundización de la desestructuración y aislamiento de la clase trabajadora e intensificación del desmantelamiento social, etc. con la consecuente atomización y una pérdida de identidades colectivas y solidarias.

Otro de los pilares sobre los que se asienta la victoria del Capitalismo es la comunicación, o monopolio de la información, si se prefiere. La ficción entendida como mentira nos recrea una realidad simplificada, maniquea y sujeta a unos intereses muy determinados, que a día de hoy son dominantes gracias, entre otras cosas, al inmenso poder de persuasión de los medios de comunicación de masas. A la hora de analizar las mentiras hay una clara dificultad: a veces no es posible decidir si los enunciados son verdaderos o falsos, sobre todo los que cuentan estados de cosas en el mundo imposibles de contrastar con nuestra experiencia, ya que carecemos de información necesaria para contrastar la verdad de lo que se dice. En términos generales sólo podemos interpretar el lenguaje y la acción de los otros desde las consecuencias de sus palabras y sus acciones, que recibimos a través del prisma de intereses ajenos. Cuando hablamos de una “falta de correspondencia a la verdad deliberada” ello nos conduce hacia el interior del hablante (quién es y qué intereses tiene), pero hay más: se deriva un escamoteo de la verdad, no por faltar a ella, sino por hacerlo con unas intenciones determinadas. Quien dice que la Revolución de Asturias fue en 1936 porque lo leyó en un libro de texto que contenía esa errata no miente. Quien lo hace con el interés de que se oculte que fue una insurrección contra la República dos años antes, y no contra el Golpe de Estado de Franco, sí.

Y las ficciones que rodean los conflictos laborales que tienen un trasfondo político fundamental para recuperar la vieja unidad obrera o que vienen con fuerza a través de huelgas salvajes, como así gusta llamar tanto los defensores como detractores de las huelgas de verdad, nos conducen a desechar aquellas premisas que nos llevan a conclusiones no deseadas, es decir, contradictorias. Como las que se pueden sacar de una imagen de un obrero en huelga radical con una pancarta que enarbola una frase o el eslogan de un político. Cuando decimos que seguiremos siendo víctimas necias del engaño si no aprendemos a discriminar los intereses de una u otra clase detrás de esas promesas, nos referimos ni más ni menos, a eso. A interpretar las cosas teniendo en cuenta que los conflictos son complejos y los purismos y las etiquetas son muchas veces una mera cuestión estética. Lo que quiere el obrero no es santificar al político que miente; quiere meterle presión porque quiere lo que le han prometido.

La ficción como mentira, insistimos, nos presenta la realidad como una mera competencia entre trabajadores inspirados en valores negativos que conducen a acciones dañinas y nefastas para la sociedad, en lugar de oportunidades de cambio. Así se relataron las ficciones del metro de Madrid donde un puñado de trabajadores chantajeaba al resto… donde el derecho a la huelga colisiona con el derecho al trabajo… donde unos privilegiados secuestran la intención de los demás a seguir trabajando…, y la ficción de las “huelgas xenófobas de Lindsay, donde los trabajadores ingleses no quieren que los extranjeros les quiten su puesto de trabajo. Pero el proceso de enajenación de la verdad en realidad es una gradación que va desde el robo de la verdad a su ocultación, y el otro extremo, a su exageración. Y no seremos nosotros quienes idealicemos todas las palabras, los hechos o las consecuencias de dichos conflictos, sino sólo los que saquemos a la luz ciertas reflexiones para avanzar en la reconstrucción de esa resquebrajada unidad de clase y el carácter revolucionario que tuvo en otros momentos. De hecho, también debemos cuestionar el tipo de información que transmitimos, y qué tipo de estructuras y prácticas comunicativas son más adecuadas para nuestros objetivos políticos. El debate es o debería ser más amplio que el de contrainformación sí, contrainformación no; o Internet sí, Internet no; pero afirmamos ahora que las dinámicas comunicativas que mantenemos poco sirven a veces para alejarnos del papel de espectadores de lo que otros hacen o de “aplaudidores” oficiales de cualquier acción reivindicativa. Y este es un aspecto fundamental para buscar la organización, unidad y solidaridad necesarias para el éxito revolucionario.



...NOSOTROS AMÉN

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